Estratega, Líder y Rebelde desde lo Humano
En los templos masónicos buscamos el perfeccionamiento del ser humano. Y para ello, no basta con admirar símbolos: hay que desentrañarlos, verlos en su dimensión real. Por eso, al hablar de Jesús no como figura mítica o divinizada, sino como un hombre hecho y derecho, toca analizarlo con una lupa más humana que celestial.
¿Quién fue ese hombre que, alrededor de los 30 años, apareció de pronto en la historia de Judea como predicador, sanador, polemista, y líder de multitudes? ¿Cómo era su carácter? ¿Qué tan buen estratega fue? ¿Qué tipo de relaciones cultivó? ¿Y qué tan consciente fue de su papel en el tablero político y social de su tiempo?
Desde una mirada masónica —crítica, reflexiva y profundamente humana— podemos trazar el perfil de un Jesús que no sólo fue sabio, sino táctico; no sólo espiritual, sino también intensamente político.
El Hombre que Leía a las Multitudes
Jesús no fue un ermitaño ni un místico aislado. Fue un hombre profundamente social. Caminaba pueblos, hablaba con pescadores, prostitutas, comerciantes, soldados y fariseos. No discriminaba por clase ni por moral. Su estilo de liderazgo no era el del que impone desde arriba, sino el del que comparte el pan y el polvo del camino.
Y no fue ingenuo. Jesús supo leer el corazón de la gente… y también su miedo, su hambre, su rabia. Sabía que no bastaba con hablar de amor: había que hablar de justicia. Su mensaje fue disruptivo no porque prometiera el cielo, sino porque cuestionaba el poder aquí, en la Tierra.
Un político sin partido, pero con agenda
Jesús no se afilió a ningún grupo político formal: ni a los fariseos (expertos en la ley), ni a los saduceos (aliados del poder romano), ni a los zelotes (revolucionarios armados). Pero eso no significa que no tuviera una postura clara. Su visión era radical: el Reino de Dios no era un lugar lejano, era una transformación del orden presente. Y eso, en tiempos de ocupación romana, era una bomba.
¿Acaso no fue una declaración política decir: “El último será el primero”? ¿No era un desafío a la jerarquía cuando decía: “Los publicanos y prostitutas entrarán antes que ustedes al Reino”? Jesús entendió que el poder religioso había sido corrompido por el poder económico y político, y por eso atacó con precisión quirúrgica a los hipócritas del templo.
¿Y qué hizo cuando entró a Jerusalén en burro, imitando un desfile real? Fue una puesta en escena magistral: provocadora, simbólica, estratégica. Jesús sabía comunicar, sabía crear impacto. No era un improvisado. Era un maestro del lenguaje y del gesto.
Sus relaciones humanas: fraternidad, tensión y traición
Jesús cultivó una red humana compleja. No eligió a doctores ni sabios como discípulos, sino a pescadores, cobradores de impuestos, y gente común. Enseñó en parábolas, comió con marginados, tocó leprosos. Esto no sólo era compasión: era una pedagogía subversiva.
Pero no todo era armonía. Tenía discusiones duras con sus seguidores (“¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?”), impaciencia ante la incomprensión, y no temía el conflicto. Su relación con Pedro fue de afecto y frustración. Con Judas, probablemente de decepción y tristeza. Y con su familia, según los textos, también hubo distancia: “Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre.”
Este Jesús no era un santo impasible. Era un hombre pasional, temperamental, exigente, capaz de momentos de ternura… y también de ira, como cuando echó a los mercaderes del templo con látigo en mano.
El Jesús estratégico: entre el mensaje y el movimiento
Detrás de su mensaje había táctica. Sabía cuándo hablar en público y cuándo en privado. Cuándo responder con ambigüedad (“Dad al César lo que es del César”) y cuándo con contundencia (“Sepulcros blanqueados”). Evitaba ciudades donde el riesgo era alto, y a veces pedía silencio tras sus milagros, no por humildad, sino porque sabía que la fama precoz podía ser letal.
No fundó una institución formal, pero sí sembró una red de seguidores con una mística poderosa. ¿Acaso no es eso una de las formas más duraderas de estrategia política?
Un iniciado sin templo
Jesús no fue sacerdote, pero fue maestro. No fue escriba, pero conocía las Escrituras. No fue rey, pero ejerció un liderazgo que desafiaba a los reyes. Desde una óptica masónica, podemos verlo como un Iniciado que rompe con el dogma para acceder al espíritu vivo de la ley. Un constructor de conciencia, más que de religión.
Su muerte no fue sólo un sacrificio espiritual, fue la consecuencia lógica de un mensaje que incomodaba demasiado a quienes sostenían el poder. Como Sócrates, como otros grandes maestros perseguidos, su delito fue enseñar a pensar.
el hombre detrás del mito
Jesús, el hombre adulto, fue todo menos pasivo. Fue político sin partido, maestro sin diploma, líder sin ejército, estratega sin mapa. Pero sobre todo, fue humano. Y por eso mismo, profundamente masónico: porque trabajó su verdad con sus propias manos, palabra y voluntad.
No se nos pide adorarlo, sino comprenderlo. Porque en ese Jesús que dudó, que se enojó, que temió, que actuó y que eligió el riesgo por encima del silencio, hay más luz de la que muchas veces nos permiten ver.
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