El Hijo del Hombre Antes de Ser el Cristo
En la tradición cristiana, Jesús suele ser presentado como el niño perfecto: obediente, sabio, casi etéreo. Sin embargo, desde una mirada más mundana —y masónica, por qué no decirlo— es válido preguntarse: ¿y si Jesús no fue tan distinto al resto de los niños? ¿Y si también tuvo arranques, caprichos, momentos de envidia o desobediencia? ¿Y si su grandeza no fue producto de una naturaleza sobrenatural, sino del esfuerzo humano por superar sus propias sombras?
Porque, al fin y al cabo, ¿qué es más admirable: nacer perfecto o hacerse bueno a través de la lucha interna?
Un niño de carne y hueso
Imaginemos a Jesús como lo que fue en sus primeros años: un niño. No un pequeño iluminado flotando por encima de la realidad, sino un muchacho más en una aldea empolvada de Galilea. Tenía hambre, sueño, berrinches, sueños propios, y probablemente una madre —María— que lo regañaba cuando se pasaba de listo, como cualquier madre amorosa pero agotada.
Los evangelios apócrifos, que la Iglesia ha mantenido al margen del canon, nos cuentan cosas curiosas. En el Evangelio de la Infancia de Tomás, por ejemplo, Jesús aparece como un niño que hace milagros traviesos: convierte palomas de barro en aves vivas para impresionar, maldice a un niño que lo empuja y lo deja paralizado, y hasta responde con arrogancia a quienes intentan corregirlo. Si bien estos textos no se consideran históricos, sí nos dan una pista sobre algo importante: incluso desde la antigüedad, existía la intuición de que la divinidad de Jesús, si existía, estaba en tensión con su humanidad.
Y esa humanidad no siempre fue suave, mansa o simpática.
Problemas comunes, aprendizajes extraordinarios
Jesús creció en una época violenta, bajo el yugo romano. Su entorno era duro: pobreza, enfermedades, castigos físicos, trabajos pesados desde edades tempranas. No es difícil imaginar que, como niño, Jesús pudo sentir rabia ante las injusticias, celos frente a la atención que recibían sus hermanos, miedo al castigo de los adultos, frustración al no ser comprendido.
Es muy probable que discutiera con otros niños, que rompiera cosas jugando, que tuviera arrebatos de orgullo. Tal vez fue un niño solitario por ser “diferente”, por tener ideas más profundas de lo normal o simplemente por tener una personalidad intensa. Quizás otros niños lo admiraban, o quizás se burlaban de él. Quizás los dos. Como pasa siempre.
Lo importante es que esos defectos —naturales en cualquier niño— no lo descalifican, sino que lo humanizan. ¿Qué valor tiene una vida si no hubo lucha interior?
La fragua del carácter
Desde la óptica masónica, el desarrollo del carácter es central. No buscamos la perfección inmediata, sino la evolución continua. Y en ese sentido, Jesús, en su niñez, pudo haber sido una figura de aprendizaje y superación personal, no porque fuera impecable, sino porque fue capaz de mirar hacia dentro, de entender su entorno, de transformarse.
¿Y si su camino no fue desde la divinidad hacia el hombre, sino desde la humanidad hacia la conciencia plena?
¿Qué tal si antes de hablar con autoridad moral, tuvo que aprender a controlar su ego, su impaciencia, su deseo de ser el centro de todo, como cualquier niño brillante y testarudo?
¿Un niño bueno? Claro. ¿Perfecto? Improbable
Sería injusto decir que Jesús fue un niño “malo”, pero también ingenuo pensar que fue impoluto. Fue, muy probablemente, un niño sensible, curioso, temperamental y profundamente emocional. En resumen: un niño normal con un espíritu extraordinario que aún no sabía qué hacer con su propia intensidad.
Ese Jesús, el que ríe, se enoja, se frustra, pelea, juega, explora y tropieza, es quizás el más valioso para nosotros. Porque no está más allá de lo humano, sino justo en el centro de lo que significa ser persona.
el camino masónico del Cristo niño
Desde la mirada masónica, donde el hombre se construye a sí mismo piedra a piedra, el Jesús niño representa esa materia bruta, viva, aún desordenada, que con el tiempo —a través del trabajo interior, el contacto con el dolor del mundo, y la búsqueda incesante de la verdad— se convierte en piedra angular.
Recordar su niñez no es un intento de desmitificarlo, sino de acercarlo. De entender que su divinidad, si existe, nació de un camino humano. Y si él pudo transitarlo, entonces también nosotros.
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