Jesús y María Magdalena


Amor, Poder y Equilibrio desde la Humanidad

Si hay una figura en la historia del cristianismo que ha sido silenciada, reinterpretada y vuelta a silenciar, es María Magdalena. Y si hay un tema que incomoda tanto al dogma como fascina a los buscadores de sabiduría, es el de su posible relación amorosa con Jesús.

Para la mirada masónica —siempre crítica, libre y simbólica— vale la pena preguntar: ¿Y si Jesús, el hombre, no caminó solo? ¿Y si María Magdalena no fue sólo una discípula, sino su compañera? ¿Qué cambia en la relación si el Cristo también amó, besó, sintió celos o miedo a perder? Y más aún, ¿qué implica para nosotros si aceptamos que el equilibrio entre lo masculino y lo femenino también estuvo presente en su vida íntima?

La negación del amor humano

La tradición oficial se convirtió a Jesús en un ser célibe, casi etéreo, fuera del mundo de los afectos carnales. Pero ¿por qué esa necesidad de divorciar la espiritualidad del cuerpo, del deseo, del vínculo humano?

En los Evangelios canónicos, Magdalena aparece más veces que muchos apóstoles varones. Está con Jesús en momentos cruciales: lo acompaña, lo sostiene, lo unge, lo escucha. Y según el Evangelio de Juan, es ella —no Pedro, no Juan— quien lo ve resucitado primero. ¿Qué tipo de vínculo se necesita para que un maestro elija a una mujer, sola, como testigo de su retorno?

Los evangelios apócrifos, como el de Felipe o el de María, sugieren una relación más íntima. En el de Felipe se dice que Jesús "besaba a menudo a María en la boca" y que ella era "la compañera" (en griego: koinōnos , que puede traducirse también como consorte o pareja). Los otros discípulos, según el texto, se sintieron incómodos con este trato especial.

¿Nos habla esto de una relación erótica? Talvez. ¿O de una unión espiritual profunda? Tal vez ambas. Desde una visión masónica, ambas cosas no se excluyen: los eros y los logos pueden ir de la mano en el camino iniciado.

Un Jesús más humano, más completo.

Acepta la posibilidad de una relación amorosa con María Magdalena no debilita la figura de Jesús, sino que la enriquece. Porque un verdadero maestro no se aleja de lo humano: lo integra, lo transfigura.

Jesús pudo haber amado a Magdalena no sólo en lo físico, sino como par: una mujer sabia, sensible, que lo confrontaba, que lo inspiraba, que lo acompañaba incluso cuando los demás lo abandonaban. Y ese amor, lejos de ser una distracción, pudo haber sido una fuente de equilibrio.

Como todo líder, Jesús necesitaba un anclaje emocional. El camino que escogió era solitario, peligroso, drenante. ¿Quién sostenía al que sostenía a todos? María.

María Magdalena: compañera política y espiritual

Magdalena no era una mujer cualquiera. En una cultura donde la voz femenina no contaba, ella aparece como interlocutora, discípula destacada, incluso rival simbólica de Pedro. Era una mujer con carácter, con saber, y —como buena figura incómoda— fue luego reducida a “pecadora arrepentida”, probablemente para quitarle el peso político y espiritual que tenía.

Desde un punto de vista más estratégico, podemos ver a Magdalena como una clave aliada. No sólo por lo emocional, sino por lo simbólico. Jesús no hablaba sólo de justicia, hablaba de equilibrio. Magdalena representa lo femenino que no se somete ni se esconde, sino que aparece en el centro del mensaje. Su presencia rompe la estructura patriarcal de la tradición religiosa judía y, en consecuencia, molesta.

Y si Jesús tuvo el coraje de desafiar al Imperio romano ya las autoridades del templo, ¿por qué no iba a desafiar también la estructura social del matrimonio, el rol de la mujer, el celibato como única forma de pureza?

La pareja como arquetipo masónico

En el simbolismo masónico, el equilibrio entre columnas —Jakin y Boaz— representa el equilibrio entre lo activo y lo receptivo, lo racional y lo emocional, lo solar y lo lunar. ¿Qué pasaría si viéramos a Jesús y María Magdalena como esas dos columnas, caminando juntas en la búsqueda de la Gran Obra?

Jesús fue un líder político y espiritual. Sabía de símbolos. Su relación con Magdalena, si fue como muchas fuentes sugieren, no fue un desliz ni una debilidad, sino una elección consciente de integrar lo humano con lo divino.

Un verdadero iniciado no renuncia al amor. Lo trasciende sin negarlo.

el amor como acto revolucionario

Imaginar a Jesús como un hombre enamorado, acompañado por una mujer sabia y valiente, no reduce su grandeza. La vuelve más real, más cercana. Y por tanto, más útil para nosotros.

Desde la mirada masónica, este Jesús que ama, llora, ríe, comparte cama y palabra, no es un mito a adorar, sino un ejemplo a estudiar. Un hombre que no huyó de la vida, sino que la vivió con conciencia plena.

Quizás la pregunta ya no es si Jesús estuvo con Magdalena, sino: ¿qué significa para nosotros aceptar que el camino del conocimiento puede —y debe— incluir el amor, el deseo, y la unión profunda entre dos seres en búsqueda?

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