Masonería y Semana Santa

 


Masonería y Semana Santa: ¿Qué tienen que ver?

Cada año, cuando llega la Semana Santa, las calles de muchas ciudades se llenan de procesiones, imágenes religiosas, incienso, velas y un fervor popular que mezcla devoción, tradición, turismo y algo de espectáculo.

Y claro, como la masonería es el eterno sospechoso en muchos temas históricos y religiosos, no falta quien suelte la pregunta:

“¿Y los masones qué piensan de esto?”
O mejor aún: “¿La Semana Santa tiene algo que ver con la masonería?”

Spoiler: sí y no. Depende desde dónde se mire.

¿Qué relación hay entre la masonería y la Semana Santa?

Vamos por partes. La Semana Santa conmemora los últimos días de Jesús: su entrada a Jerusalén, su juicio, su pasión, muerte y resurrección. Todo un relato simbólico cargado de misterio, sacrificio, transformación y renacimiento.

Ahora, si estás medianamente familiarizado con la masonería, sabrás que esas palabras nos suenan bastante. En los rituales masónicos, sobre todo en los grados filosóficos, también se habla de muerte iniciática, caída del ego, resurrección simbólica, búsqueda de la luz, superación del caos, justicia traicionada, etc.

¿Casualidad? ¿Coincidencia? ¿Influencia mutua? Bueno, hay quienes defienden que la estructura simbólica de la Semana Santa —especialmente los eventos del Jueves y Viernes Santo— tiene paralelismos con ritos de iniciación antiguos, como los egipcios, los mitraicos, o sí… los masónicos.

No es que la Semana Santa sea “masónica”, pero ambas tradiciones beben de un imaginario simbólico común: el del camino interior, la prueba, la caída y la transformación. El masón pasa de la oscuridad a la luz. Jesús pasa por la muerte para renacer.

Lo bueno de esta conexión simbólica

  • Nos invita a ver la Semana Santa más allá del folclore o del dogma religioso: como un viaje humano y espiritual que cualquiera puede vivir, crea o no en una religión concreta.

  • Permite tender puentes entre la masonería y la cultura popular sin necesidad de esconderse ni disfrazarse.

  • Rescata el valor del símbolo como herramienta de transformación interior.

Lo malo (o lo que puede generar ruido)

  • Hay sectores religiosos muy tradicionales que siguen viendo a la masonería como “el enemigo de la fe”, así que cualquier intento de acercamiento o análisis se interpreta como herejía o manipulación.

  • También hay masones que rechazan toda simbología religiosa, y ver a Jesús o la Semana Santa como referentes les parece contradictorio.

  • Y por otro lado, está el peligro de la superficialidad: usar símbolos sin entenderlos, repetir procesiones sin reflexión, o convertir rituales poderosos en simples eventos turísticos.

¿Y entonces qué hacemos?

Como masones —y como ciudadanos críticos— podemos observar la Semana Santa con ojos abiertos. No hace falta participar para comprender. Ni rechazar para tomar distancia.

Podemos reconocer en esas procesiones la necesidad humana de trascendencia, de pertenencia, de sentido. Podemos analizar cómo se mezcla lo espiritual con lo político, lo religioso con lo económico, lo auténtico con lo escenográfico.

Y si somos más audaces, podemos invitar al diálogo:
¿Podemos tener una Semana Santa más consciente?
¿Podemos rescatar su mensaje profundo sin quedarnos en la superficie?
¿Podemos ver en Jesús un maestro de vida, más allá de la institución que se construyó en su nombre?

La Semana Santa y la masonería no son lo mismo, pero hablan idiomas similares cuando se trata de transformación, ética, y búsqueda interior. La clave está en cómo usamos esos lenguajes: ¿para dormirnos en la tradición o para despertar en la conciencia?

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