Un Cambio de Bandera, No de Estructuras
No fue un despertar glorioso
La historia oficial nos ha enseñado a ver la independencia como un acto heroico, lleno de libertadores visionarios. La verdad es menos romántica: no fue un despertar glorioso de un pueblo unido, sino el resultado de una crisis imperial y de tensiones internas acumuladas durante siglos.
Una sociedad profundamente desigual
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Peninsulares: controlaban la administración y el poder político.
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Criollos: ricos, pero marginados de las decisiones de gobierno.
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Mestizos: obreros y soldados, sin derechos plenos.
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Indígenas: tributarios, despojados y sometidos.
No había un México unido. Había intereses fragmentados y contradicciones sociales irreconciliables.
El detonante no fue Hidalgo
La invasión napoleónica a España en 1808 quebró la legitimidad de la corona. Ese vacío de poder abrió la oportunidad para que los criollos reclamaran un lugar en el mando. No buscaban justicia social, sino ocupar el espacio que antes pertenecía a los peninsulares.
El pueblo enardecido
El levantamiento de 1810 desató la furia de los sectores populares. Para ellos, “independencia” significaba tierra, justicia y fin de los abusos. Para los criollos, significaba poder político. Esa diferencia explica la violencia, el caos y la falta de cohesión en la insurgencia.
La consumación: pacto, no revolución
La independencia se consumó en 1821 no por la victoria de las armas populares, sino por un pacto entre élites: criollos, antiguos realistas e insurgentes. Se firmó el Plan de Iguala, que aseguró continuidad de privilegios bajo una nueva bandera.
Los de arriba cambiaron, los de abajo siguieron igual.
Consecuencias: una independencia incompleta
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No hubo redistribución de la tierra.
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No desaparecieron los tributos indígenas.
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No se creó un sistema justo e incluyente.
Se logró un Estado soberano, pero no una sociedad emancipada. La desigualdad sobrevivió intacta.
La enseñanza desde la masonería
La independencia de México no debe verse como mito, sino como lección. Los pueblos son movilizados con promesas de libertad, pero los resultados dependen de los pactos entre grupos de poder.
La masonería nos recuerda: la verdadera emancipación no se logra con proclamas ni con banderas nuevas, sino transformando las estructuras de opresión que permanecen.
En 1821 terminó un dominio, pero no comenzó la libertad real. Esa obra sigue inconclusa. Y es ahí donde la labor de los hombres libres y de buenas costumbres cobra sentido.

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