Ver la Masonería con fanatismo: un error que apaga la Luz
Cuando la Luz se convierte en sombra
La Masonería nació como una escuela de pensamiento libre, una vía de crecimiento personal y moral que busca el equilibrio entre razón, espiritualidad y acción.
Sin embargo, incluso dentro de un sistema tan noble, puede surgir una amenaza silenciosa: el fanatismo.
El fanatismo no solo pertenece a las religiones o a la política; también puede aparecer en cualquier espacio donde el ser humano confunda el símbolo con la verdad, o el rito con el propósito.
Y cuando eso sucede, la Masonería deja de ser un camino de iluminación y se convierte en una simple bandera de ego.
La Masonería no es una religión, ni una secta
Uno de los errores más comunes de quienes ven la Masonería desde fuera —y lamentablemente, también desde dentro— es considerarla una religión o una verdad absoluta.
Nada más lejano de su esencia.
La Masonería no impone creencias, sino que invita a reflexionar.
No exige adoración, sino razonamiento, tolerancia y trabajo interior.
Por eso, quien cae en el fanatismo masónico pierde de vista su misión: edificar su propio templo interior con libertad de pensamiento.
Ejemplos del fanatismo masónico moderno
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El fanático del grado
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Cree que el valor del masón se mide por el número de grados que ostenta.
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Olvida que los grados son solo símbolos del trabajo interior, no trofeos de superioridad.
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El fanático del rito
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Defiende su rito (Escocés, Yorkino, Francés, etc.) como el único verdadero, olvidando que todos conducen a la misma Luz.
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En lugar de fraternizar, divide.
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El fanático del secreto
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Se envuelve en un misterio exagerado, creyendo que “saber más” lo hace mejor masón.
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Ignora que el secreto más profundo de la Masonería no está en los libros, sino en la transformación interior.
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El fanático del linaje o de la regularidad
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Desprecia a otras logias por considerarlas “irregulares”.
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Pero la verdadera regularidad no la da una obediencia, sino la rectitud del corazón y la pureza de intención.
Fanatismo y desconocimiento
El fanatismo dentro de la Masonería es, en realidad, una forma de ignorancia espiritual.
El masón que se aferra ciegamente a los símbolos o a los títulos olvida que éstos son herramientas de reflexión, no de poder.
Como decía el filósofo:
“El símbolo ilumina al sabio, pero confunde al necio.”
El verdadero iniciado no presume su luz; la comparte. No divide, une. No impone, inspira.
La tarea del verdadero masón
Frente al fanatismo, el masón debe ser un ejemplo de equilibrio y razón.
Debe recordar que la Masonería no necesita defensores ciegos, sino constructores conscientes.
La Luz Masónica se apaga cuando el ego toma el lugar de la sabiduría.
El fanático busca tener razón.
El iniciado busca comprender.
Ver la Masonería con fanatismo es como mirar el Sol sin entender su luz: uno se deslumbra, pero no ve.
La verdadera Masonería comienza cuando se deja de idolatrar los símbolos y se empieza a vivir sus valores: libertad, fraternidad y búsqueda del conocimiento.
Porque el masón no adora templos ni grados; construye dentro de sí un templo vivo, donde la razón y el espíritu dialogan en armonía.
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