Cuando enfermar también tiene clase social
Una reflexión crítica desde la Masonería sobre México, el mundo y el negocio de la enfermedad
Por un masón convencido de que la verdadera fraternidad comienza cuando la vida y la dignidad de un ser humano valen más que su capacidad para pagar una factura.
Hay una pregunta que debería incomodarnos mucho más de lo que lo hace:
¿Por qué en pleno siglo XXI todavía existen personas que mueren por enfermedades que podrían prevenirse, diagnosticarse oportunamente o tratarse?
Tenemos tecnología médica extraordinaria.
Tenemos inteligencia artificial.
Tenemos cirugía robótica.
Tenemos vacunas.
Tenemos genómica.
Tenemos medicamentos capaces de modificar enfermedades que hace apenas unas décadas eran prácticamente sentencias de muerte.
Tenemos hospitales de alta especialidad.
Tenemos médicos extraordinariamente preparados.
Tenemos información médica disponible en segundos.
Y, sin embargo, millones de personas continúan enfrentando barreras para recibir atención sanitaria.
Entonces el problema ya no puede explicarse simplemente diciendo:
"Nos falta ciencia."
La ciencia existe.
La pregunta incómoda es:
¿Quién puede acceder a ella?
I. LA SALUD NO ES SOLAMENTE UN ASUNTO MÉDICO
Éste es quizá uno de los errores más grandes de nuestra época.
Pensamos que la salud comienza cuando una persona entra al consultorio.
No.
La salud comienza mucho antes.
Comienza en el agua que bebe.
En el aire que respira.
En los alimentos que puede comprar.
En la vivienda donde duerme.
En las condiciones laborales.
En el nivel educativo.
En el estrés cotidiano.
En la seguridad de su comunidad.
En el acceso a medicamentos.
En la posibilidad de acudir a una consulta.
En el dinero disponible para trasladarse.
En el tiempo que puede ausentarse del trabajo.
En la calidad de la alimentación.
En el ambiente.
En la información que recibe.
La Organización Mundial de la Salud considera la cobertura sanitaria universal como el acceso de todas las personas a los servicios de salud que necesitan, cuando los necesitan, sin sufrir dificultades económicas por recibirlos. También señala que la atención primaria constituye una vía especialmente eficaz y costoeficiente para avanzar hacia esa cobertura.
Por eso hablar de salud pública es hablar de:
economía, educación, vivienda, alimentación, agua, medio ambiente, trabajo, seguridad y justicia social.
Y aquí comienza el problema.
Porque una enfermedad puede tener una causa biológica...
pero muchas veces tiene también una causa social.
II. MÉXICO: EL DERECHO EXISTE, LA REALIDAD ES MÁS COMPLICADA
México reconoce constitucionalmente el derecho a la protección de la salud.
Pero entre reconocer un derecho y garantizarlo existe un abismo que puede medirse en:
horas de espera, falta de medicamentos, hospitales saturados, consultas pospuestas, diagnósticos tardíos y familias que terminan pagando de su propio bolsillo.
Los datos comparativos de la OCDE publicados en 2025 muestran un panorama que debería provocar una discusión nacional mucho más profunda.
México tenía una esperanza de vida de 75.5 años, 5.6 años por debajo del promedio de la OCDE.
La mortalidad prevenible era de 243 por cada 100,000 habitantes, frente a 145 en el promedio de la OCDE.
La mortalidad tratable era de 175 por cada 100,000 habitantes, frente a 77 en la OCDE.
Y cuando observamos los recursos disponibles, la diferencia también resulta evidente.
México gastaba alrededor de 1,588 dólares por persona en salud, frente a 5,967 dólares en promedio en la OCDE.
El gasto sanitario representaba 5.9 % del PIB, frente a 9.3 % en promedio en la organización.
México tenía aproximadamente 2.7 médicos por cada 1,000 habitantes, frente a 3.9 en la OCDE, y 3.0 enfermeras frente a 9.2.
En camas hospitalarias: 1.0 por cada 1,000 habitantes, frente a 4.2 en promedio en la OCDE.
No se trata de convertir las estadísticas en propaganda.
Se trata de comprender lo que significan.
Detrás de cada número existe una persona.
Un padre.
Una madre.
Un niño.
Un anciano.
Un trabajador.
Una familia.
III. EL PROBLEMA MÁS PELIGROSO: CUANDO LA SALUD SE CONVIERTE EN PRIVILEGIO
Aquí aparece una de las contradicciones más dolorosas de nuestra sociedad.
Si tienes dinero puedes comprar:
- consulta privada;
- estudios de laboratorio;
- resonancias;
- medicamentos;
- segunda opinión;
- atención especializada;
- consultas de seguimiento;
- nutrición;
- rehabilitación;
- atención psicológica;
- tratamientos preventivos.
Si no tienes dinero, muchas veces dependes de un sistema público que puede encontrarse saturado.
Y aquí debemos ser cuidadosos:
esto no significa que la medicina privada sea mala ni que la medicina pública sea buena o mala por definición.
El problema aparece cuando el nivel de protección sanitaria que una persona puede recibir depende excesivamente de su capacidad económica.
La OCDE advierte que una dependencia excesiva de los pagos directos de los pacientes debilita la protección financiera y puede profundizar pobreza y desigualdad.
Entonces podemos formular una pregunta incómoda:
¿Puede una sociedad llamarse verdaderamente desarrollada cuando una enfermedad puede destruir económicamente a una familia?
IV. LA SALUD PÚBLICA NO ES EL HOSPITAL
Otro error consiste en imaginar la salud pública como un edificio lleno de médicos.
La salud pública es mucho más grande.
Es vacunación.
Es epidemiología.
Es agua potable.
Es saneamiento.
Es vigilancia sanitaria.
Es prevención.
Es salud mental.
Es nutrición.
Es salud materna.
Es prevención del cáncer.
Es control de enfermedades transmisibles.
Es educación sexual.
Es seguridad alimentaria.
Es prevención de adicciones.
Es protección ambiental.
Es preparación frente a pandemias.
Es información científica.
Es capacidad de respuesta ante emergencias.
La propia OMS advierte que las experiencias de emergencias sanitarias como la COVID-19 demostraron que las capacidades débiles de salud pública dejan vulnerables a las sociedades, mientras que demasiados recursos pueden concentrarse en atención clínica y emergencias, dejando debilitadas las funciones preventivas y de protección.
Y aquí aparece una verdad brutal:
Es mucho más barato prevenir una enfermedad que intentar reparar sus consecuencias.
Pero la prevención tiene un problema político:
no siempre produce resultados visibles inmediatamente.
Un hospital inaugurado se puede fotografiar.
Una enfermedad que nunca ocurrió no aparece en ninguna fotografía.
V. EL NEGOCIO DE LA ENFERMEDAD
Aquí entramos en terreno delicado.
Decir que existe una industria de la salud es un hecho.
Existen hospitales privados.
Farmacéuticas.
Fabricantes de dispositivos médicos.
Laboratorios.
Aseguradoras.
Clínicas.
Empresas tecnológicas.
Consultorios.
Distribuidores.
Todos ellos forman parte de un enorme ecosistema económico.
Y eso no significa automáticamente que sean malos.
El problema aparece cuando debemos hacernos una pregunta esencial:
¿Qué sucede cuando la salud humana también representa un mercado?
El mercado necesita consumidores.
La medicina necesita pacientes.
Pero la salud pública tiene un objetivo diferente:
que las personas enfermen menos.
Ahí aparece una tensión interesante.
Una sociedad comercial puede obtener ingresos tratando enfermedades.
Una sociedad orientada a la salud pública debería intentar evitarlas.
La diferencia parece pequeña.
No lo es.
VI. ¿A QUIÉN LE CONVIENE UNA POBLACIÓN ENFERMA?
Aquí debemos evitar caer en una explicación conspirativa sin evidencia.
No existe fundamento para afirmar que una organización única, secreta o mundial provoque deliberadamente las enfermedades de la población.
Pero sí existe algo mucho más comprobable:
Existen intereses económicos alrededor de la enfermedad.
La alimentación ultraprocesada es una industria.
El tabaco es una industria.
El alcohol es una industria.
Los medicamentos son una industria.
Los seguros son una industria.
Los servicios hospitalarios son una industria.
Los dispositivos médicos son una industria.
La tecnología sanitaria es una industria.
Y algunas industrias pueden tener intereses que no coinciden perfectamente con los objetivos de salud pública.
Por eso necesitamos regulación.
Por eso necesitamos ciencia independiente.
Por eso necesitamos transparencia.
Por eso necesitamos instituciones capaces de poner el interés público por encima de cualquier interés particular.
Porque si dejamos que el mercado sea el único árbitro de la salud, terminamos convirtiendo al paciente en consumidor.
Y un consumidor enfermo puede ser un consumidor extraordinariamente rentable.
VII. Y AQUÍ APARECE LA MASONERÍA
¿Qué tiene que ver la Masonería con todo esto?
Mucho.
Pero no de la manera fantasiosa que algunos imaginan.
La historia mexicana muestra que la construcción de la salubridad pública fue un proceso complejo relacionado con la formación del Estado moderno.
A finales del siglo XIX y principios del XX, la preocupación por epidemias, higiene y salubridad adquirió una importancia creciente en México. La investigación histórica publicada por el INAH señala que los cambios constitucionales de 1917 fortalecieron las responsabilidades de las autoridades sanitarias y contribuyeron a la conformación del sistema de salud mexicano.
También existen testimonios históricos de personajes relacionados con la medicina y la Masonería.
El Archivo de la Palabra del INAH conserva, por ejemplo, el testimonio de Gustavo Baz, quien posteriormente ingresó a la Masonería y tuvo responsabilidades en servicios sanitarios, salubridad y medicina social, además de participar en el desarrollo del Seguro Social.
Esto demuestra algo interesante:
La relación entre pensamiento político, medicina, servicio social y Masonería forma parte de la historia mexicana.
Pero no debemos convertir esa historia en una leyenda.
VIII. EL IDEAL MASÓNICO Y LA SALUD
Si tomamos en serio conceptos masónicos como:
Fraternidad.
Igualdad.
Libertad.
Beneficencia.
Justicia.
Dignidad humana.
entonces la salud pública debería ser un campo natural de acción social.
Porque ¿de qué sirve hablar de fraternidad si dejamos solo al enfermo?
¿De qué sirve hablar de igualdad si el acceso a la atención depende de la cuenta bancaria?
¿De qué sirve hablar de libertad si una enfermedad puede destruir económicamente a una familia?
¿De qué sirve hablar de progreso si no somos capaces de mantener saludable a nuestra población?
La fraternidad no puede reducirse a un saludo entre hermanos.
Debe convertirse en acción.
IX. LA MASONERÍA PUEDE HACER MUCHO MÁS
Una Masonería contemporánea podría intervenir en salud pública sin pretender sustituir al Estado ni convertirse en partido político.
Podría impulsar:
Campañas de prevención.
Educación nutricional.
Donación de sangre.
Campañas de vacunación informada.
Prevención del suicidio.
Educación sobre salud mental.
Prevención de adicciones.
Detección temprana de enfermedades.
Apoyo a adultos mayores.
Programas de actividad física.
Educación sexual responsable.
Promoción de la ciencia.
Apoyo a estudiantes de medicina y enfermería.
Brigadas comunitarias.
Campañas de salud visual y dental.
Educación sobre primeros auxilios.
Promoción del agua limpia y saneamiento.
Investigación histórica y científica.
Y algo particularmente importante:
combatir la desinformación médica.
Porque actualmente una persona puede tardar años en aprender medicina...
y cinco minutos en encontrar en internet una supuesta "cura milagrosa".
X. EL NUEVO ENEMIGO: LA DESINFORMACIÓN SANITARIA
Durante siglos el enemigo fue la ignorancia.
Hoy tenemos un problema todavía más complejo:
la sobreabundancia de información falsa.
Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior.
Pero tener información no significa tener conocimiento.
Y tener conocimiento no significa tener criterio.
Las redes sociales pueden convertir una mentira repetida millones de veces en algo que parece verdadero.
Un video de treinta segundos puede competir contra décadas de investigación científica.
Un influencer puede presentarse como autoridad sin tener formación médica.
Un producto milagro puede disfrazarse de tratamiento.
Y una teoría conspirativa puede ofrecer una explicación sencilla para un problema extraordinariamente complejo.
El pensamiento masónico debería reaccionar de una manera muy concreta:
investigar antes de creer.
XI. ¿QUIÉN SE BENEFICIA DE UNA SOCIEDAD QUE NO PREVIENE?
Esta pregunta merece una respuesta más amplia.
Puede beneficiarse:
el vendedor de productos milagro;
el mercado de tratamientos innecesarios;
el empresario que explota información falsa;
el político que utiliza una crisis sanitaria para obtener ventaja;
el medio que convierte el miedo en audiencia;
el influencer que monetiza la desinformación;
la empresa que evita regulaciones;
o simplemente cualquier actor que encuentre un beneficio económico en una población vulnerable.
Pero existe algo todavía más profundo:
También se beneficia la indiferencia.
Porque cuando una sociedad se acostumbra a que los pobres reciban una atención peor, deja de escandalizarse.
Cuando se acostumbra a hospitales saturados, lo considera normal.
Cuando acepta que una persona espere meses por un especialista, deja de cuestionarlo.
Cuando acepta que una familia venda su patrimonio para pagar una enfermedad, lo convierte en tragedia privada.
Y no.
La enfermedad de una persona no siempre es un problema privado.
Cuando existen causas sociales prevenibles, se convierte en un problema colectivo.
XII. LA SALUD COMO INSTRUMENTO DE CONTROL
Aquí debemos entrar en uno de los terrenos más delicados.
La historia demuestra que los gobiernos pueden utilizar políticas sanitarias para proteger a la población.
Pero también demuestra que las medidas sanitarias pueden involucrar decisiones sobre:
movilidad, vigilancia, aislamiento, información, privacidad y libertad individual.
La pandemia de COVID-19 nos recordó esta tensión.
Una emergencia puede exigir acciones colectivas.
Pero toda concentración extraordinaria de poder necesita controles extraordinarios.
El problema no es simplemente:
"¿Estado o libertad?"
La pregunta madura es:
¿Cómo protegemos la salud colectiva sin destruir los derechos individuales?
Ésa es una pregunta profundamente masónica.
Porque la libertad sin responsabilidad puede convertirse en egoísmo.
Pero la autoridad sin límites puede convertirse en abuso.
La solución exige:
evidencia, proporcionalidad, transparencia, temporalidad, rendición de cuentas y respeto a la dignidad humana.
XIII. SALUD PÚBLICA Y DESIGUALDAD
Una sociedad desigual no enferma de la misma manera.
Quien vive en condiciones precarias puede enfrentar:
más contaminación;
menos espacios para actividad física;
mayor inseguridad;
peor alimentación disponible;
mayor estrés;
menor acceso a especialistas;
mayores dificultades para transportarse;
mayores dificultades para faltar al trabajo;
y mayores obstáculos económicos para continuar un tratamiento.
La OCDE señala que las desigualdades socioeconómicas están estrechamente relacionadas con las desigualdades en salud y que atender sus causas requiere también políticas sociales, de vivienda y otros determinantes de la salud.
Por eso:
No basta con construir hospitales.
Hay que construir una sociedad que produzca menos enfermedad.
XIV. LA VERDADERA REVOLUCIÓN SANITARIA ES LA PREVENCIÓN
Imaginemos una Masonería que dedicara una parte importante de su obra social a prevenir.
Una logia podría tener un programa anual:
100 familias informadas sobre diabetes.
100 jóvenes capacitados en primeros auxilios.
100 adultos mayores revisados.
100 estudiantes orientados sobre salud mental.
100 personas aprendiendo reanimación cardiopulmonar.
100 familias informadas sobre nutrición.
100 personas donando sangre.
Eso quizá no aparezca en los periódicos.
No tendrá una placa de mármol.
No será un gran monumento.
Pero habrá personas vivas gracias a ello.
Y quizá ése sea uno de los monumentos más dignos que puede construir un masón.
XV. DEL TEMPLO AL HOSPITAL
La simbología masónica habla constantemente de construir.
Construimos con piedra.
Construimos con conocimiento.
Construimos con fraternidad.
Pero existe una construcción todavía más importante:
construir una sociedad donde nadie tenga que elegir entre comer y comprar sus medicamentos.
Ésa sería una obra verdaderamente monumental.
No porque pertenezca a una logia.
Sino porque pertenece a la humanidad.
XVI. EL GRADO 33 NO DEBERÍA SER UNA CORONA
Si alguien alcanza una alta dignidad dentro de una institución iniciática y termina utilizándola para sentirse superior al resto, entonces quizá haya aprendido muy poco de aquello que dice representar.
Un grado no convierte a nadie en dueño de la verdad.
Una medalla no cura enfermedades.
Un mandil no sustituye la ética.
Un título no convierte a una persona en sabia.
Y una jerarquía no transforma automáticamente a un hombre en servidor de la humanidad.
El verdadero reconocimiento debería medirse por las obras.
¿A cuántas personas ayudaste?
¿Cuánto conocimiento compartiste?
¿Cuántas vidas mejoraron porque decidiste actuar?
¿Cuántas personas aprendieron a cuidarse gracias a ti?
Ésa debería ser la verdadera medida.
XVII. UNA MASONERÍA QUE NO INTERVIENE, TAMBIÉN ESTÁ TOMANDO UNA DECISIÓN
No participar también tiene consecuencias.
Cuando una sociedad enfrenta desigualdad sanitaria y las instituciones sociales permanecen silenciosas, el vacío será ocupado por alguien más.
Por intereses comerciales.
Por propaganda.
Por charlatanes.
Por políticos.
Por influencers.
Por vendedores de miedo.
Por vendedores de milagros.
Por cualquiera que comprenda que una población vulnerable es una población fácilmente manipulable.
Por eso la Masonería tendría una oportunidad extraordinaria:
recuperar la idea de servicio.
No como caridad vertical.
No como "el poderoso ayuda al pobre".
Sino como fraternidad horizontal:
un ser humano ayudando a otro ser humano.
XVIII. LA PREGUNTA QUE DEBERÍA QUEDAR ABIERTA
No preguntaría:
"¿Quién controla la salud mundial?"
Esa pregunta puede conducir rápidamente a explicaciones simplistas y teorías sin evidencia.
Preguntaría algo mucho más incómodo:
¿Quién decide cuánto vale la salud de una persona?
¿El gobierno?
¿El mercado?
¿La aseguradora?
¿El hospital?
¿La industria farmacéutica?
¿El ingreso familiar?
¿El código postal?
¿La condición laboral?
¿La capacidad de pagar?
¿O la dignidad humana?
Porque si aceptamos que la dignidad humana tiene un valor que no depende de la riqueza, entonces debemos aceptar también una consecuencia:
la salud pública no puede ser considerada únicamente un gasto.
Es una inversión en la propia sociedad.
La OMS insiste en que los sistemas sólidos de salud pública son fundamentales para la cobertura sanitaria universal y para la preparación frente a emergencias.
XIX. LA PIEDRA BRUTA TAMBIÉN ES EL CUERPO SOCIAL
Quizá aquí podamos regresar al símbolo.
El ser humano llega al mundo como una piedra bruta.
La educación trabaja sobre su mente.
La ética trabaja sobre su carácter.
La fraternidad trabaja sobre sus relaciones.
Y la salud permite que pueda desarrollar todo lo anterior.
¿Qué sentido tendría una sociedad perfectamente educada pero incapaz de garantizar condiciones básicas de salud?
¿Qué sentido tendría una economía poderosa con millones de personas enfermas?
¿Qué sentido tendría el progreso tecnológico si sus beneficios solamente fueran accesibles para unos cuantos?
El verdadero progreso debería medirse de otra manera:
por cuánto mejora la vida de quienes tienen menos.
XX. EL TEMPLO QUE DEBEMOS CONSTRUIR
La salud pública es mucho más que hospitales.
Es una declaración sobre el tipo de sociedad que queremos ser.
Una sociedad puede decir:
"Si puedes pagar, te atendemos."
O puede decir:
"Tu vida importa, independientemente de cuánto tengas."
Entre esas dos frases existe una enorme diferencia moral.
La primera convierte la salud principalmente en mercancía.
La segunda la entiende como una responsabilidad colectiva.
La Masonería, si quiere ser fiel a sus principios más elevados, debería estar del lado de la investigación, la ciencia, la prevención, la libertad de conciencia, la solidaridad y la dignidad humana.
Pero también debería vigilarse a sí misma.
Porque ninguna institución está inmunizada contra la corrupción, el ego, el poder o los intereses particulares.
La Masonería no debería convertirse en parte del problema.
Debería preguntarse constantemente si sus propias acciones corresponden con sus principios.
Y quizá el verdadero desafío para el masón del siglo XXI no sea descubrir conspiraciones.
Sea algo mucho más difícil:
distinguir entre evidencia y rumor.
entre ciencia y superstición.
entre servicio y protagonismo.
entre fraternidad y privilegio.
entre libertad y abuso.
entre poder y responsabilidad.
Porque al final, cuando se apagan las luces de la logia, desaparecen los títulos, se guardan los símbolos y cada hombre vuelve a su casa...
queda solamente una pregunta:
¿Qué hiciste por tus semejantes?
Si la respuesta es "nada", ningún grado será suficiente.
Pero si la respuesta es:
"Ayudé a que una persona viviera mejor, comprendiera mejor su salud, tuviera acceso al conocimiento o recibiera ayuda cuando la necesitaba", entonces quizá estemos hablando de verdadera construcción.
Porque el templo más importante no está hecho de piedra.
Está hecho de seres humanos.
Y una sociedad verdaderamente fraterna no debería preguntarse únicamente cuánto cuesta curar a un enfermo.
Debería preguntarse:

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