El Secreto Vergonzoso del que Nadie Quiere Hablar
Y eso, hermano y profano que lees, es una vergüenza para una tradición que presume de honor, ética, disciplina y trabajo interior. Una tradición que, en teoría, forma hombres libres y de buenas costumbres… pero que, en la práctica moderna, a veces forma coleccionistas de mandiles y coleccionistas de egos.
La colación de grados… o el fast-food iniciático
Y luego se preguntan por qué la sociedad ve a la masonería como un club raro lleno de señores con símbolos… y tan poca sustancia.
El mandil como precio, no como mérito
Hablemos claro:
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Hoy cualquiera puede ser “grado 18” sin saber qué demonios es la Rosa-Cruz.
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Cualquiera puede ser “grado 30” sin haberse enfrentado jamás a una verdadera prueba moral.
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Cualquiera puede ser “grado 33” sin haber pasado de leer un par de planchas copipegadas de internet.
¿Y cuál es el daño REAL?
Cuando alguien se salta el camino:
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No aprende nada.
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No se transforma.
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No aporta.
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No sirve a la Orden ni a la sociedad.
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Y encima se cree superior.
Pues así hay quienes andan “operando” logias sin saber ni sostener un compás.
La industria del ego masónico
Y donde hay negocio, hay vendedores:
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Obediencias que regalan grados para inflar membresía.
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Supremos Consejos que viven de las cuotas y “regularizaciones”.
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Talleres que suben grados a la velocidad de un videojuego.
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“Altos oficiales” que se sienten monarcas… por un número bordado.
Lo que duele admitir
Es el silencio cobarde de quienes lo permiten.
El masón verdadero no necesita un grado… necesita congruencia
En mis años en la Orden aprendí algo que las planchas no enseñan y los rituales no garantizan:
¿Se puede rescatar la colación legítima?
Sí, pero con reglas claras:
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Solo para casos comprobados de trayectoria real.
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Solo con trabajo previo demostrado.
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Solo cuando no es una venta disfrazada.
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Solo cuando hay ética.
Mensaje para los profanos
Si buscas masonería verdadera, aléjate de quienes te ofrezcan grados como si fueran paquetes de un gimnasio.

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