La Burbuja del Hombre

 

La burbuja del hombre moderno y el silencio incómodo de la Masonería

El hombre moderno vive en una burbuja.
Pero lo verdaderamente incómodo es aceptar que el masón también puede vivir en la suya.

La burbuja no es solo digital, política o económica. Es psicológica y espiritual. Es ese espacio cómodo donde nuestras creencias no se cuestionan, donde nuestros símbolos no se actualizan y donde nuestras certezas no se ponen a prueba.

Y si la Masonería existe para formar hombres libres y críticos, entonces debe empezar por romper sus propias burbujas internas.

La burbuja profana vs. la burbuja masónica

El hombre profano vive en la burbuja del algoritmo, del consumo, de la ideología cómoda.
El masón corre el riesgo de vivir en la burbuja del simbolismo no reflexionado.

Cuando la Orden se convierte en espacio de autocelebración histórica, cuando la tradición se defiende sin diálogo con la realidad contemporánea, cuando el grado se vuelve más importante que el trabajo interior… se ha formado una burbuja institucional.

Y es peligrosa.

Porque el mundo cambia.
La crisis espiritual del hombre moderno se profundiza.
La salud mental se deteriora.
La ética pública se fragmenta.

Y si la masonería no dialoga con esos problemas reales, su discurso corre el riesgo de sonar elegante… pero irrelevante.

¿Qué pasa cuando la burbuja masónica explota?

Explota cuando:

  • Un hermano cuestiona la incoherencia entre discurso y acción.

  • Un joven iniciado descubre que la fraternidad no siempre es tan profunda como se proclama.

  • La sociedad exige compromiso ético más allá del templo.

Cuando la burbuja estalla, duele. Porque revela fisuras.

Pero desde una perspectiva iniciática, la explosión es necesaria. La masonería auténtica no teme a la crítica; la necesita. El trabajo de pulir la piedra bruta no es decorativo. Es confrontativo.

Si la burbuja explota, puede purificar.
Si no explota, puede fosilizar.

El riesgo de que no explote

Una burbuja que no estalla genera complacencia.

La Orden puede convertirse en una estructura respetable, sí, pero desconectada del dolor social. Puede hablar de libertad mientras ignora nuevas formas de esclavitud psicológica. Puede hablar de igualdad mientras evita debates incómodos sobre desigualdad contemporánea.

El mayor peligro no es la crisis.
Es la comodidad.

Porque una institución iniciática que deja de incomodarse deja de transformarse.

La verdadera función iniciática: romper ilusiones

El proceso masónico, en su esencia, es una pedagogía de ruptura. Se entra con certezas y se sale con preguntas. Se llega con orgullo y se aprende humildad. Se cree saber y se descubre ignorancia.

Eso implica romper burbujas personales:

  • La burbuja del ego.

  • La burbuja del dogma.

  • La burbuja del estatus.

  • La burbuja del “yo ya sé”.

Si la masonería no rompe esas ilusiones, no cumple su misión filosófica.

¿Es buena la explosión?

Sí… si genera conciencia.
No… si solo genera resentimiento.

La explosión sin estructura interior produce caos.
La explosión con trabajo interior produce evolución.

Por eso el desafío no es evitar que la burbuja estalle. Es preparar al hombre para que cuando lo haga, no pierda el rumbo.

La burbuja del siglo XXI y el reto de la Orden

Hoy el hombre vive entre cámaras de eco digitales, polarización ideológica y espiritualidad superficial. La masonería puede ser una escuela de pensamiento crítico y equilibrio moral… o puede convertirse en otra burbuja más, solo que revestida de símbolos.

El siglo XXI no necesita masones cómodos.
Necesita masones conscientes.

No necesita guardianes de nostalgia.
Necesita constructores de sentido.

La burbuja más peligrosa

La burbuja más peligrosa no es la tecnológica ni la política.
Es la espiritual.

Cuando creemos que ya estamos despiertos, dejamos de despertar.

La masonería auténtica no debe proteger al hombre de la verdad; debe prepararlo para soportarla. Y eso implica romper ilusiones, incluso dentro de la propia Orden.

Porque si la burbuja explota, que explote la mentira.
Que no explote la conciencia.

Y si no explota… que al menos tengamos la honestidad de preguntarnos si estamos creciendo… o simplemente flotando cómodamente en una ilusión decorada con mandil.

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