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Una reflexión incómoda sobre Poder, Ego y Decadencia en la Masonería
En teoría, el Francmasonería es una escuela de ética, simbolismo y perfeccionamiento humano. Un espacio donde los hombres —y en algunas obediencias también las mujeres— trabajan sobre sí mismos para pulir su carácter, dominar el ego y servir a la sociedad.
En ese contexto, el cargo de Venerable Maestro debería representar la madurez espiritual de la logia: prudencia, equilibrio, capacidad de escucha y ejemplo moral.
Pero seamos honestos.
No siempre ocurre así.
A veces, la silla oriental no la ocupa un maestro sabio… sino un ego bien vestido con mandil y collar.
Y entonces aparece una figura que rara vez se menciona en los discursos oficiales: el Venerable Maestro tóxico.
El primer síntoma: cuando el cargo se vuelve trono
La diferencia se nota rápido:
-
confunde autoridad con autoritarismo
-
cree que dirigir es imponer
-
interpreta cualquier desacuerdo como una amenaza personal
En lugar de guiar la logia, intenta controlarla.
Y curiosamente, cuanto más habla de fraternidad, menos la practica.
El segundo síntoma: el miedo al pensamiento
Una logia sana vive del debate, la reflexión y la diversidad de ideas.
Por eso aparecen ciertas conductas bastante previsibles:
-
interrumpe opiniones incómodas
-
bloquea propuestas que no nacieron de él
-
convierte las tenidas en monólogos disfrazados de liderazgo
En otras palabras: la logia deja de ser un taller de pensamiento y se convierte en un pequeño teatro del ego.
El tercer síntoma: el culto al personaje
Por eso suele desarrollar ciertos hábitos curiosos:
-
habla constantemente de sí mismo
-
recuerda a todos su cargo en cada oportunidad
-
espera reverencia más que respeto
Y así, poco a poco, el símbolo se vacía de contenido y la autoridad se transforma en vanidad ceremonial.
El cuarto síntoma: divide para gobernar
El Venerable Maestro tóxico rara vez lo admite, pero muchas veces lo fomenta:
-
favorece a ciertos hermanos
-
ignora o margina a otros
-
crea círculos de lealtad personal
De esta manera el poder deja de ser institucional y se vuelve personalista.
Una señal clásica de decadencia organizacional.
El quinto síntoma: la pérdida del espíritu iniciático
Pero cuando el liderazgo es tóxico, algo sutil ocurre:
Las tenidas se vuelven rutinarias, las planchas superficiales y la reflexión simbólica se reemplaza por trámites administrativos y egos inflados.
El templo sigue en pie, pero el trabajo interior se ha detenido.
Una verdad incómoda
La historia demuestra que ninguna institución está libre de errores humanos.
Ni siquiera la Francmasonería, que tanto habla de perfeccionamiento moral.
Porque en ese momento el silencio se vuelve complicidad.
Un verdadero Venerable Maestro no necesita demostrar su autoridad.
El tóxico, en cambio, necesita recordarlo constantemente… porque en el fondo sabe que su liderazgo se sostiene más en el cargo que en la virtud.
Y en masonería hay una lección simbólica que nunca debería olvidarse:
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