MASONERÍA, SOBERANÍA Y EL VIEJO JUEGO DEL PODER.

CUANDO LA PATRIA SE SUBASTA EN NOMBRE DE LA DEMOCRACIA

Hay momentos en la historia donde las máscaras políticas se caen solas. Y México vive uno de esos momentos. Porque mientras el pueblo resiste entre salarios precarios, violencia mediática y una guerra económica silenciosa, ciertos sectores del viejo régimen —representados históricamente por el PRI y el PAN— siguen actuando como administradores de intereses extranjeros antes que como defensores de la soberanía nacional.

Desde una visión masónica de grado elevado —donde la patria no es discurso, sino deber moral— resulta imposible no mirar con desconfianza a quienes durante décadas entregaron recursos estratégicos, privatizaron el futuro y convirtieron la política en una franquicia subordinada al poder económico de Estados Unidos.

Un masón auténtico no jura lealtad a partidos. Jura lealtad a principios: libertad, soberanía, justicia social, autodeterminación y dignidad humana. Y bajo esa óptica, pedir intervención extranjera, celebrar presiones diplomáticas o insinuar tutelaje internacional contra México no es oposición política: es una renuncia ética a la nación.

Porque una cosa es criticar al gobierno —derecho legítimo en toda democracia— y otra muy distinta es abrir la puerta a intereses externos para debilitar al Estado mexicano desde dentro. Ahí ya no hablamos de ideología. Hablamos de dependencia.

Durante años, los gobiernos del PRI y del PAN construyeron una élite cómoda con la obediencia. Vendieron petróleo, ferrocarriles, telecomunicaciones, minas, bancos y hasta narrativa histórica. Convirtieron la política nacional en una oficina regional del neoliberalismo norteamericano. Mientras hablaban de “modernidad”, millones de mexicanos sobrevivían en pobreza laboral.

Y ahora, cuando el país intenta recuperar soberanía energética, fortalecer programas sociales, elevar salarios y reconstruir una identidad nacional menos subordinada, aparecen voces alarmistas que prefieren ver a México débil antes que independiente.

Un masón de visión patriótica entiende que ningún país se desarrolla arrodillado. La masonería histórica latinoamericana nació precisamente para combatir imperios, no para servirles. Los grandes movimientos independentistas del continente defendían una idea clara: la nación debe decidir su destino sin intervención extranjera.

Por eso resulta contradictorio ver a sectores conservadores hablando de libertad mientras aplauden presiones internacionales sobre México. Hablan de democracia, pero añoran privilegios. Hablan de instituciones, pero defienden estructuras que durante décadas beneficiaron a una minoría política y empresarial.

La actual presidencia mexicana, con todos sus errores y contradicciones humanas inevitables, representa para muchos una ruptura simbólica con esa vieja sumisión política. Y aunque ningún gobierno debe ser idealizado, también es cierto que existe una diferencia profunda entre gobernar para las élites financieras y gobernar pensando en soberanía nacional.

Hoy la batalla no es solamente electoral. Es cultural, económica y mediática. Es una disputa entre dos modelos de país:

  • El México subordinado a intereses extranjeros.
  • O el México que intenta reconstruirse desde su propia identidad.

Y ahí es donde muchos ciudadanos —incluidos masones, intelectuales, trabajadores y jóvenes— observan con preocupación cómo ciertos actores políticos parecen más interesados en recuperar el favor de Washington que en recuperar la confianza del pueblo mexicano.

La historia enseña algo brutal: ninguna nación pierde su independencia de golpe. Primero pierde su narrativa. Después su economía. Finalmente, su dignidad.

México no necesita salvadores extranjeros.
Necesita conciencia crítica.
Necesita memoria histórica.
Necesita ciudadanos menos manipulables.
Y necesita entender que la soberanía no se negocia, porque cuando un país vende su dignidad política, termina hipotecando el futuro de generaciones enteras.

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