Cuando el templo corre el riesgo de convertirse en museo
La masonería suele hablar de libertad, conocimiento, progreso, fraternidad y transformación humana. Son palabras hermosas. Tan hermosas que, en ocasiones, corremos el riesgo de pronunciarlas con la misma naturalidad con la que se recita una oración aprendida de memoria: sin preguntarnos si todavía significan algo.
Y ahí comienza el problema.
Porque una de las mayores crisis de la masonería contemporánea no es la falta de miembros, ni la disminución de su influencia política, ni siquiera la incomprensión de la sociedad. Su principal crisis es mucho más incómoda: la distancia creciente entre lo que predica y lo que practica.
La obsesión por conservar las cenizas en lugar de alimentar el fuego
Durante siglos, la masonería fue un espacio donde se discutían ideas capaces de desafiar al poder, cuestionar dogmas y promover cambios sociales. Hoy, en demasiados casos, parece más preocupada por conservar intactas sus costumbres que por generar nuevas reflexiones.
Muchos talleres dedican más energía a debatir reglamentos, protocolos, precedencias y formalidades que a analizar los problemas reales del mundo moderno.
Mientras la sociedad discute inteligencia artificial, salud mental, polarización política, crisis ambiental, adicciones digitales y desigualdad económica, algunas logias continúan atrapadas en discusiones administrativas que interesan poco más allá de sus propias paredes.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿Estamos construyendo templos para el futuro o administrando reliquias del pasado?
El secreto que ya no interesa a nadie
Durante mucho tiempo, el secreto masónico despertó curiosidad. Hoy vivimos en una época donde millones de personas publican voluntariamente cada detalle de su vida en redes sociales.
Paradójicamente, la masonería sigue comportándose como si la sociedad estuviera desesperada por descubrir sus misterios.
No lo está.
La mayoría de las personas no rechaza a la masonería porque la considere peligrosa; simplemente la considera irrelevante.
Y eso es mucho más grave.
Porque la indiferencia mata más instituciones que la persecución.
Masones ilustrados en un mundo que dejó de leer
Existe otra contradicción inquietante.
La masonería insiste en definirse como una escuela de pensamiento crítico, pero muchos de sus miembros dedican más tiempo a compartir frases motivacionales en redes sociales que a estudiar filosofía, historia, ciencia o sociología.
Resulta difícil hablar de ilustración cuando la lectura profunda es sustituida por titulares.
Difícil hablar de conocimiento cuando la opinión rápida desplaza al análisis.
Difícil hablar de progreso cuando se confunde antigüedad con sabiduría.
No todo lo antiguo es valioso.
Y no todo lo nuevo es superficial.
La verdadera sabiduría consiste en distinguir una cosa de la otra.
El elitismo disfrazado de selección
La masonería afirma que busca hombres y mujeres libres y de buenas costumbres.
Sin embargo, algunas logias han confundido la calidad humana con la posición social.
Todavía existen espacios donde se admira más una profesión prestigiosa que una conciencia desarrollada.
Más un cargo que una idea.
Más una influencia económica que una vocación de servicio.
Es una contradicción monumental para una institución que proclama la igualdad entre sus miembros.
La escuadra no debería medir cuentas bancarias.
Debería medir carácter.
La fraternidad en tiempos de individualismo
La palabra fraternidad aparece constantemente en los discursos masónicos.
Pero la fraternidad auténtica es incómoda.
Implica escuchar críticas.
Aceptar diferencias.
Reconocer errores.
Ayudar sin esperar reconocimiento.
Sin embargo, algunas logias han terminado reproduciendo los mismos conflictos de ego, poder y protagonismo que dicen combatir.
La ironía es brutal:
Hombres que estudian símbolos de humildad mientras compiten por títulos honoríficos.
Hombres que hablan de luz mientras buscan reflectores.
Hombres que defienden la fraternidad mientras construyen pequeños feudos personales.
La gran pregunta del siglo XXI
La masonería no desaparecerá porque existan enemigos externos.
Desaparecerá si deja de ser necesaria.
Y una institución deja de ser necesaria cuando pierde su capacidad de responder a los desafíos de su tiempo.
El mundo actual necesita pensamiento crítico.
Necesita ética.
Necesita diálogo.
Necesita ciudadanos capaces de resistir la manipulación ideológica, el fanatismo digital y la cultura de la superficialidad.
Precisamente los valores que la masonería afirma defender.
La cuestión es si está preparada para ejercerlos o únicamente para recordarlos.
La masonería del siglo XXI enfrenta una decisión histórica.
Puede seguir contemplando con orgullo las piedras colocadas por generaciones anteriores.
O puede volver a tomar las herramientas y continuar la construcción.
Porque el mayor enemigo de una orden iniciática no es la ignorancia.
Es la autocomplacencia.
No es la crítica.
Es la incapacidad de escucharla.
Y no es el paso del tiempo.
Es creer que la tradición, por sí sola, puede reemplazar al trabajo vivo de la conciencia.
La verdadera piedra bruta que la masonería moderna debe pulir no está en el mundo profano.
Está frente al espejo.
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